miércoles, 12 de octubre de 2011

Internado - Cuento de Roberto Pagura

-  ¡Señor Roberto, tiene usted visita! … gritó un hombre vestido de blanco.

Caminé por la vereda de baldosas negras y blancas siempre derecho, como una torre. Quise saltar como un caballo, pero no me dejaron… Los peones pueden convertirse en dama al terminar la vereda...

Recordé la rayuela pintada en el pasaje de mi infancia: tierra y cielo... y el caminar sorteando baldosas...

Me llevaron a un rincón del jardín donde me esperaba una mujer, pero no recuerdo quién era. Ya sentados en un banco, me dijo que “pronto volvería a casa”, que el Dr. Oloff le había prometido…

No entendí qué quería decir…

Pensé cómo hallar la solución. ¿Debía sacrificar material? ¿Cuál sería mi próxima jugada?

Mientras yo pensaba, la mujer llenó el espacio con palabras. ¡Juegue, por favor!, le dije.

La mujer calló y me miró fijamente:

-  ¿No querés volver?

Con un fuerte dolor de cabeza regresé a la habitación donde me preparaba para la próxima competencia. .

Al día siguiente, un señor vestido con traje y corbata vino a verme. Se sentó en la única silla del cuarto y yo en la cama. Me miró como lo hubiera hecho mi padre y me dijo:

-  Un muchacho preguntó por usted. Dijo que sus alumnos lo extrañan, que las matemáticas son divertidas cuando usted las enseña y que ud. los ha hecho interesarse por el ajedrez.

-  El ajedrez es matemáticas más sicología más música. ¿No le parece a usted?, le dije al señor de traje y corbata.

-  Cierto, pero con el debido descanso para no fatigar la mente…

Y pronto quedé nuevamente solo. Seguí pensando cómo resolver el problema, pero las imágenes del tablero  se fueron borrando poco a poco… Hoy me costó levantarme. La cabeza cansada de resolver problemas, algunos de matemáticas y otros de ajedrez. Para salir del encierro debía comunicarme con Caissa, quien vendría para llevarme secretamente afuera en procura de la libertad y el amor.

Me miré al espejo. Ya no era el muchacho de 20 años, ni el de 40, ni el de 80. Me encontraba volando sobre la ciudad descubriendo, uno tras otro, los lugares donde viví hace mucho tiempo. Pero yo no estaba en ellos.

Un hombre vestido de blanco entró a mi habitación para decirme que una joven muy bella preguntaba por mí y se llamaba Clarisa, Marisa o algo así…

Pero yo no le creí y me dí vuelta en la cama para seguir durmiendo.
Roberto Pagura
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